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24 de agosto de 2015

LA CEBADA AL RABO

UNA VOZ CON FUERZA

Santos Domínguez, ganador del XXXII Premio “Ciudad de Badajoz” de poesía. Año 2014
Imagen extraída de internet

“El dueño del eclipse”

Agria exprime la tarde su zumo de luz verde,
da cristales, perfiles
de juncos y cuchillos,
prontuarios de arena y pechos de ceniza
donde se aloja el tiempo y se niega la sangre.
Esquivos como peces,
allí posan el sueño y el latido
su vocación etérea, su fugaz flor de hielo.
Porque la tarde es esto: el ciervo y la serpiente,
la inocencia y el rastro reptil de lo caído:
la brújula y las horas, el aire fermentado
con el zumo amarillo de la luz de septiembre.
El dueño del eclipse
asombra por igual a rosas y a serpientes,
a distantes estatuas en su frío con otoño.
La tarde iza en el viento su luz emparentada
con el hacha que quiebra
sobre otros laberintos de espejismos con límites
las nubes del limón amargo del recuerdo.
Santos Domínguez
De: “El dueño del eclipse” I “En la ciudad del sueño”
Obra ganadora del XXXII Premio “Ciudad de Badajoz” de poesía.
Ed. Algaida 2014©

3 de agosto de 2015

RESEÑAS

Me llega otra valiosa opinión para mi libro "El hombre que te habita". 

Esta vez la envía Yusnel Fleites Jefe de información de Vanguardia de Cuba.



Antonia María Carrascal: el hábitat natural del verso (breves impresiones de un lector amigo)


El hombre que te habita devela el grito de muchos; devela un estallido de conciencia poética de acusado civismo ambientalista que no deja, sin embargo, de ser esa voz certera que engrana en su conjunto un texto de probado lirismo.
Antonia María Carrascal transita en su libro por la vida mancillada de un mundo no salvado aún y necesitado de ese Hombre Nuevo que revisita en sus versos, ya sea mediante sonetos de sobria factura o a través de la versificación libre, despojada de oscurantismos metafóricos o hermetismos insulsos.
El hombre… ahonda en los intersticios del ser moderno, ausente de sí mismo y de su propia suerte como especie. Intenta —y consigue muchas veces— desarmar el entramado de infortunios que ha sido nuestra historia, soslayada a veces en aspectos tan vitales como el compromiso con el sitio donde nos toca pasar de un estado a otro de nuestra existencia.

Me llamo Tierra y Diosa y madre y soy/el vientre que a tu ser ama y sustenta. / Malherida de amor, rota y sedienta/ me agoto sin saber a dónde voy (…)

En este suelo, el hombre/agota manantiales hasta exprimir la teta/que amamantar podría/estériles eriazos (…)

Pero Antonia cree en la salvación, sobre todo en la que anida en la conciencia de ese otro hombre que insiste, que no ceja en el propósito de devolverse a sí mismo y a los suyos la esperanza.