La
lectura de Como si fuesen personas, de Antonia María Carrascal, me llevó
de regreso a ese momento, ya lejano en el tiempo, en que por fin descubría cuál
sería el propósito de mi existencia. Sucedió entonces con otro buen libro, Cuentos
completos, de Onelio Jorge Cardoso, para muchos un referente ineludible de
la cuentística cubana de la segunda mitad del siglo XX.
Como
si fuesen personas tiene también ese poder iniciático, ese
hálito brujo que nos conduce a la aceptación impostergable de que el universo
literario nos acaba de reservar un cupo.
Las
veintidós historias que conforman este libro comparten un denominador común: la
aparente insignificancia de lo que se cuenta; sin embargo, con ellas
revisitamos los pilares fundamentales de la vida, los puntos originarios de
todo gran conflicto humano y nunca —algo que me gustaría resaltar— desde la pedantería
intelectual, la pomposidad estilística o el hermetismo desmedido. Antonia María
Carrascal tiene la virtud de ser sencilla y contundente en el lenguaje, diáfana
en sus pretensiones, y certera con cada tema/diana a donde apuntan sus
argumentos.






